martes, 4 de diciembre de 2012

Solo ida.


Reproductor, cascos, volumen probablemente demasiado alto, concentrandome en la música  intentando que los demás pasajeros no interfieran en este trayecto que tanto me gusta y al mismo tiempo tanto me repele.

Así vamos, pasando por las calles que ya tan bien conozco, releyendo los carteles que un día me sorprendieron pero que ahora no son más que rutina. Una rutina necesaria, reconfortante pero exasperante de una manera que pocos entienden. Que probablemente nadie entienda.

Nos vamos alejando del punto de partida, semáforos en rojo, otros en verde que hacen que el trafico fluya más rapidamente , personas andando por la acera ajenas a los pasajeros de este autobús  en un mundo paralelo que vive mientras nosotros no somos mas que simples espectadores, que vivimos con la duda de que sera de sus vidas tras ese segundo en el que nuestra mirada se poso en su caminar.

Dejamos las luces de la ciudad atrás  nos adentramos en la oscuridad, persiguiendo una luz que se ve a lo lejos, y que poco a poco se acerca. Esa luz es mi destino. La promesa de que mi casa este cerca parece reconfortante, maravillosa, deseada. Pero no lo es.  Pocas veces lo han sido.


Realizar este trayecto, este trayecto de ida, significa que me alejo de ti, de ellos, del lugar que tanto me gusta, en el que tan libre me siento. El que me grita: "eres así, se así."

Por eso solo deseo que llegue el momento de volver a subir al autobús y decir: "Buenos días, solo ida."
E intentar soñar que no volveré a realizar el viaje de vuelta, él de regreso a casa.